Lacras

España sufre su historia, igual que cualquier otro país. Todos los pueblos son herederos de su pasado, el más lejano y el más próximo. Hábitos y prácticas que parecen formar parte del ADN que nos define como nación. Pero el éxito o fracaso de una sociedad no está en negar la realidad, sino en enfrentarse a ella con la diligencia necesaria.

La picaresca española siempre ha sido objeto de chistes y bromas. Retrato más o menos caricaturesco de la sociedad y sus métodos. Trápalas han acampado siempre por nuestras élites, y siempre hemos sido conscientes de ello. Nuestra historia es, en buena parte, consecuencia de la sucesión alarmante de políticos corruptos y curas fanáticos.

Cuando alguien entra en política, siempre hay quien, en su entorno más próximo, dice entre risas aquello de: trinca lo que puedas. Y es que en España, hablar de honestidad en la política es como hablar de los unicornios o las sirenas, animales mitológicos.

De ese ejemplo tan poco edificante, han aprendido los empresarios. No solo ellos, por supuesto, getas y cara duras los encontramos en todas partes y de todas las edades y condiciones sociales. Pero en un país en el que la economía sumergida mueve cantidades equivalentes a una cuarta parte del producto interior bruto, sería obsceno no dar un toque de atención a quienes deciden cobrar o no el IVA, minorar los ingresos reales en el impuesto de sociedades o contratar sin dar de alta en la seguridad social a un trabajador. Claro que existen empresarios honrados: los llaman Quijotes.

90.000 millones de euros  al año es la cantidad que se defrauda al fisco en nuestro país. El 72% de este fraude monumental proviene, según la mayoría de los estudios realizados, de las grandes fortunas, de empresas que facturan más de 150 millones al año y de las entidades financieras y de crédito. ¡Solo con recaudar la mitad del fraude fiscal reduciríamos el déficit público por debajo del 3% previsto para el 2013!¡Sin tocar la sanidad, la educación, las inversiones en I+D o el sueldo a los pensionistas!

¿A que está esperando Rajoy?

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