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Bankia o el fin de una era

La dimisión de Rodrigo Rato al frente de la cuarta entidad financiera del país y el reconocimiento público de la difícil situación por la que atraviesa la entidad nacida de la fusión de Caja Madrid y Bancaja ha sorprendido a muchos, pero a ninguno de quienes están relacionados, de un modo u otro, con el sector financiero en nuestro país.

Rato ha sido incapaz de resolver los problemas que la entidad arrastraba desde hace años. Su dimisión le honra en la medida que reconoce sus errores, una actitud que más de uno debería hacer suya. Sin embargo, no han sido muchos sus errores, más bien solo cometió uno: creer que era capaz de resolver la difícil situación de la nueva entidad en medio de políticas estériles, políticas de ajuste y austeridad que no han hecho nada por reflotar las economías sino más bien lo contrario.

Todos sabíamos que era cuestión de tiempo que entidades como Bankia, en un futuro corto CatalunyaCaixa, Unim y otras, volviesen a ser protagonistas de titulares negativos. El gobierno de Zapatero, con Elena Salgado como primera responsable, se equivocó al forzar la privatización de las Cajas. Esta decisión solo iba  a lograr tres cosas: 1/ pérdida de empleos en estas entidades, 2/ hurtar a la sociedad un patrimonio público y de vital importancia como herramienta para el desarrollo económico de muchas regiones de nuestro país y 3/ lograr una mayor exposición de las entidades al mercado, pues dejan de valer lo que valen por sus activos y pasan a valer según su cotización en bolsa. Una cotización que puede generar sobrevalor y burbujas especulativas, pero que también, y en consecuencia de la propia naturaleza especulativa de los mercados, puede llegar a minusvalorar las entidades bancarias.

Rajoy tampoco ha sido capaz de impulsar una verdadera reforma financiera. De hecho, este viernes tendrá que impulsar nuevas medidas tras el fracaso de las adoptadas hace mes y medio.

La situación radica en la adopción de un modelo de gestión que nos ha llevado a la ruina: la teoría del valor. Es decir, la gestión de las empresas, en especial las más grandes y las financieras, en relación al valor de las acciones. O lo que es lo mismo, la gestión únicamente basada en beneficios. Esto supuso un modelo retributivo basado en incentivos y comisiones, stock option para los grandes directivos, que se basaba exclusivamente en la obtención de beneficios en cada ejercicio.

Esta visión tenía un primer problema: valoraba la empresa solo en el corto plazo. Castigaba a la empresa que hacía sus deberes, provisionaba recursos para las bacas flacas y optaba por un desarrollo sostenible. En cambio premiaba a las empresas que abultaban su cuenta de resultados, asumían más riesgo del debido e incluso vendían filiales estratégicas para generar más beneficio. Era una visión cuantitativa de la gestión y no cualitativa. Se premiaba la cantidad, no la calidad.

De esos polvos, estos lodos. Ese modelo de gestión basado en un “agarra la bolsa y corre” nos ha conducido a una de las crisis más duras y complejas de toda la historia del capitalismo. Una crisis de la que ya podríamos estar saliendo si los diferentes gobiernos hubiesen hecho lo correcto cuando debían de hacerlo. ¿Y qué es lo correcto? ¿Usted pondría al lobo a cuidar de las gallinas? ¿Dejaría que el responsable de la situación fuese también el encargado de sacarnos de ella?

La reforma financiera pasa, se quiera decir o no, por acabar con las actuales cúpulas de la mayoría de las entidades españolas. ¿Por qué unas entidades están mejor que otras? Porque fueron gestionadas mejor. Y la gestión es resultado de dos cosas: modelo y personas.

El modelo aún no ha sido modificado, y las entidades siguen trabajando bajo la teoría del valor. Esta es la razón por la que usted y yo vemos subir las comisiones, que el diferencial en los préstamos es mayor que nunca en la historia, y constantemente nos estén intentando vender productos estructurados y seguros. Porque en esencia, el modelo de gestión de las entidades financieras no ha variado en nada, y siguen obsesionados con la obtención de beneficios a corto plazo.

Las personas siguen siendo las mismas. Algunas se han jubilado con multimillonarias indemnizaciones. Pero la mayoría sigue en activo. Incluso en los casos en los que se ha producido una renovación de caras en los consejos de administración, esta no ha servido más que para situar en el poder a los discípulos de quienes ya lo ejercieron durante décadas.

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