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Más partidos que electores

En los últimos meses, asistimos a diferentes maniobras dirigidas a la formación de nuevos partidos políticos o referentes electorales. Equo lleva años luchando por crear una franquicia única que aglutine al heterogéneo movimiento ecologista español. Gaspar Llamazares, maltratado e incomprendido por sus compañeros, hace lo propio dentro de IU con la gestación de Izquierda Alternativa. Mario Conde quiere aprovechar su tirón mediático y la influencia que posee en Intereconomía para lanzar su propia candidatura política. Julio Anguita, ante la insistencia de tantos, accede a liderar un movimiento cívico que contribuya a la regeneración política de nuestro país. Los últimos escándalos que han salpicado a la corona, han impulsado el renacimiento de organizaciones republicanas, que ven en la sucesión el momento apropiado para hacerse oír y encontrar hueco en las instituciones. Muchas bocas para tan poco pan.

Que surjan movimientos cívicos en época de crisis es lo más natural – e incluso saludable – que existe. Toda crisis evidencia los errores pasados y evidencia las miserias de los partidos políticos que han tenido relación con el gobierno. Aunque resulte de Perogrullo, merece la pena recordar que para el crecimiento electoral de un partido es necesario que aquel que está o ha estado en el poder baje.

El bipartidismo es, además, uno de los peores males de nuestra democracia. Tanto por la corrupción de alimenta la alternancia política cómo por la polarización de la sociedad. Cuando alguien sabe que quien te sustituirá en el gobierno es el mismo al que hoy tu sustituyes, evitas airear las habitaciones del poder, no sea que cuando el regrese al gobierno haga lo propio contra los tuyos. A pesar de la teatralización que conlleva la política de partidos, los dos grandes, cuando saben que van a poder gobernar solos, se rascan la espalda mutuamente; hoy por ti mañana por mí.

Al no ser necesario negociar con nadie, el discurso se simplifica en un maniqueo ellos y nosotros. Simplificación que ni representa a la sociedad ni la beneficia, pues solo contribuye a la crispación, al uso de instituciones unas contra otras por razones electorales y un reduccionismo mental que impide ver más allá de los propios dogmas.

Esta carencia democrática de terceras vías alternativas a la hegemonía PP-Psoe es la que alimenta la necesidad de construir nuevos referentes políticos. Reivindicar posiciones ideológicas y cívicas no tenidas en cuenta por los grandes partidos, a la vez que se oxigenan las instituciones inyectando savia nueva.

Cabría objetar que existen partidos como IU o Upyd que pueden cubrir estos nichos electorales. Es cierto, al menos desde una perspectiva formal. IU puede representar perfectamente una izquierda más ambiciosa y crítica que la socialdemocracia, y Upyd podría lograr captar gran parte del voto de los huérfanos liberales. Sin embargo, ninguno de estos partidos ha logrado convertirse en verdadera tercera fuerza política.

IU logró un 6,92% del escrutinio en las últimas elecciones generales. Upyd alcanzó un 4,69% de los votos. Muy lejos de, por ejemplo, los Liberal Demócratas de Nick Clegg con un 23% de los votos en un sistema electoral mucho más injusto aún que el nuestro. Si nos comparamos con nuestros vecinos de Portugal, apreciamos que un candidato independiente logró un 17% en las Presidenciales, y en las legislativas, el tercer y cuarto partido subieron del 9% de los votos escrutados. En el Parlamento Europeo los liberales representan el 11,4% de la cámara y los verdes el 7,5%. Es decir, las terceras y cuartas vías en Europa casi duplican los resultados obtenidos por la tercera y cuarta fuerzas en España.

La ley electoral es injusta, pero mucho menos injusta que la del Reino Unido, lo cual no impidió el crecimiento de los Liberal Demócratas y la presencia en la Cámara de los Comunes de fuerzas nacionalistas, verdes e independientes.

La conclusión es inevitable: los partidos minoritarios no han sido capaces de convertirse en verdaderas terceras vías. Y no lo han logrado por sus propios errores. Es lógico que muchos, incluso Julio Anguita, que conoce a fondo estas organizaciones, busquen alternativas al fracaso de unos proyectos que quizás no tengan ya nada nuevo ni mejor que ofrecer a la sociedad.

Que los esfuerzos para lograr impulsar una verdadera tercera vía fructifiquen o no dependerá de dos cosas: el agotamiento del modelo bipartidista y los errores o aciertos que se comentan en el proceso de construcción de las nuevas y las viejas formaciones políticas. La batalla ya ha empezado. Que haya suerte, España necesita romper con el bipartidismo tanto cómo recuperar su salud democrática, necesitamos con urgencia un bloque alternativo que sustituya a IU, una presencia fuerte de los verdes vedy un gran partido liberal al estilo del que en su día encabezó Emma Bonino o el que actualmente lidera Nick Clegg. No lograr este objetivo equivale a consagrar la cleptocracia y el nepotismo que nos gobierna actualmente.

Bienvenidos pues los  Anguita y los López de Uralde. Los de antes y los de mañana. Son más necesarios que nunca. Esperemos también que, algún día, conozcamos al Nick Clegg o la Emma Bonina española, mientras tanto, muchos seguiremos siendo huérfanos en lo político.

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