Un día como este

Un día como este, pero de 1789, los parisinos tomaron al asalto la Bastilla. Un viejo amigo, escéptico y pesimista existencial, pero bastante buena gente, dice que, si el pueblo llega a saber lo que vendría después, se hubiesen dado la vuelta y regresado pacíficamente a sus casas.

Supongo que la humanidad está condenada a sufrir una desilusión constante. Ni la libertad conquistada aquel día fue para todos ni para siempre; tampoco la democracia y la prosperidad trabajada durante años nos han servido de mucho.

¿Tenemos los humanos un gen gilipollas o es que en el fondo somos masoquistas? Sorprende el número de veces que caemos en los brazos de imbéciles y corruptos. Parece que nuestro destino, el karma del que hablan los budistas, está marcado por la incompetencia de los gobiernos y la pasividad de las sociedades.

La historia es una sucesión de traumas. De causas perdidas y oportunidades que dejamos pasar. Los españoles podemos cargar las culpas sobre reyes felones, políticos corruptos y  curas fanáticos – que de los tres hemos tenido para dar y regalar –, pero todos somos responsables en lo que nos sucede. Por acción u omisión.

Con alegría dejamos que se inflase la burbuja inmobiliaria hasta que nos estalló en la jeta. Con alegría permitimos a los bancos inundar el país con dinero barato, como si ellos fueran los dueños de la imprenta y no fuese a llegar  nunca el día de pagar la cuenta. Con alegría nos desentendimos de los asuntos públicos y nos dedicamos cada uno a lo suyo: amasar cuanto más mejor y si te he visto no me acuerdo. Mientras, los políticos, buscaron el interés propio. No bastó con que metieran la mano en la bolsa; algunos hasta se la llevaron a casa. De paso, como nadie los controlaba, crearon una red clientelar, de estómagos agradecidos y vagos con sueldo público, que les ayudase a mantenerse en el poder si las cosas se ponían peludas.

Con la misma alegría e inconsciencia que hace años permitimos todo aquello, estamos permitiendo hoy que desmonten la sanidad pública y desmiembren la educación. Miramos hacia otro lado mientras construyen un país de enfermos y analfabetos.

Aplaudimos la llegada del Eurovegas, donde sea que al final ponga el huevo, sin reparar que nuestros hijos heredarán la fama que hoy tiene las Vegas. Que con todos mis respetos, no es el lugar donde me gustaría que crecieran mis nietos.

Asumimos la desilusión como una constante en nuestra historia. Y quizás sea cierto. Pero aquel 1 de julio de 1789, los hombres y mujeres de París sacudieron los miedos y las dudas, fueron dueños de su destino y cambiaron el rumbo de la historia.

Andaba el barón de Besenval por la explanada de los Campos de Marte con más miedo que vergüenza. Sabía que la cosa iba en serio. Suerte tendría si lograba salvar su pellejo. Preguntó a sus soldados si marcharían contra los amotinados. La respuesta unánime fue que no, y la Bastilla quedó a merced de los amotinados. El destino, por un día, se puso de nuestra parte.

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