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Por qué debe dimitir Ana Mato

En un momento como el actual, cuando el ciudadano ha perdido la confianza en los partidos políticos, quienes constituyen estas formaciones deben dar pasos inequívocos hacia la regeneración política y civil. No es tanto una cuestión de probar los hechos como de responder a la demanda de una sociedad que está cansada del mismo menú. La culpabilidad o no de la Ministra y sus responsabilidades en la trama Gürtel es algo que compete en exclusiva a los jueces. Así es y debe ser en un Estado de Derecho. Los juicios paralelos no son de mi gusto, e intento siempre mantenerme ajeno a las maniobras que buscan pulsar resortes emocionales para enturbiar la política y sacar provecho.

No obstante, la situación que se ha creado en España, no responde únicamente a la existencia de juicios mediáticos. Haberlos, haylos. Sería injusto e hipócrita malintencionado no denunciarlos. Pero qué duda cabe que, también, existe un desafecto social hacia la política que no se basa sólo en denuncias, brunetes mediáticas, sospechas e infamias. Existe una clara y rotunda exigencia a los políticos de una democracia más participativa. O dicho de otra manera: que se gobierno teniendo en cuenta la opinión de la sociedad en cada momento.

Por supuesto, la opinión de la sociedad puede ser muy voluble; y gobernar pensando sólo en las encuestas de opinión un grave error que pondría en peligro nuestro futuro. Para eso está la capacidad pedagógica de los políticos y los medios de comunicación. Y sobre todo, la sensibilidad y el sentido común suficiente para discernir lo que puede ser una moda transitoria de una tendencia social inequívoca. Como ejemplo, podemos poner el veto a la ILP que pide la dación en pago y la admisión de una ILP – con menos apoyo – a favor de la tauromaquia. La primera responde a una exigencia en auge de la sociedad, que quiere cambios profundos en la Ley Hipotecaria. La segunda, a la defensa numantina de una costumbre cruel a la que la sociedad da la espalda, como se pone de manifiesto en el descenso de corridas de toros y de espectadores de este tipo de eventos.

Igual ocurre con la Ley Electoral, que la sociedad lleva exigiendo que sea modificada dos décadas, pero que los partidos mayoritarios se han negado a discutir. O con los indultos, que precisa de una regulación para que no quede al arbitrio de los gobiernos; con la necesidad de transparencia de los perceptores de fondos públicos; y la democratización interna de los partidos.

Ante tantas y tantas pruebas de abuso de poder por parte de las élites de los partidos, que han desoído en demasiadas ocasiones a la sociedad, se deben acometer acciones que renueven la confianza de los ciudadanos. Esto implica un cambio profundo de actitud, y también guiños que trasmitan esa voluntad de cambio que todos exigimos. Ana Mato, dimitiendo, haría el mejor servicio a España. Demostraría que sí se puede, y sobre todo, que los partidos políticos están dispuestos a cambiar para renovar el pacto de representación con los ciudadanos. Un consenso tácito que, si se rompe, enrarecerá aún más la vida pública en nuestro país.

Los dos partidos más grandes de Europa eran el Partido Comunista italiano y la Democracia Cristiana de Italia. Se hundieron, y dieron lugar a una pléyade de partidos que defienden intereses muy particulares. Es el llamado “proceso de italianización” que ya vive Grecia y que puede terminar implicando a España. Si el PP y el Psoe no son capaces de reconocer sus errores, remodelar sus élites, gobernar y legislar con un ojo en el futuro y otro en la sociedad,  no se reconcilian con la clase media (cada vez más cabreada y asqueada de cuanto ocurre en el país), y no dejan espacio para que terceras fuerzas políticas condicionen de manera responsable las mayorías absolutas, se hundirán. Lo peor es que en ese naufragio arrastrarán al sistema mismo de partidos, que se fragmentará en decenas de formaciones  pequeñas, fácilmente manipulables por unos pocos, y que convertirán el Parlamento en un mercadillo de intereses.

Las encuestan aseguran que, de celebrarse hoy los comicios, el PP obtendría un 35% de votos y el Psoe un 30%. Incluso con la injusta ley electoral vigente, los juegos de alianzas y coaliciones para gobernar serían un verdadero sudoku, un cubo de Rubick difícil de componer. Algo que no es bueno para el país, pues tan terrible es este bipartidismo asfixiante como una excesiva fragmentación del voto.

Ana Mato puede ayudar a involucionar este proceso siniestro con su dimisión. Demostraría que el PP está dispuesto a escuchar a la sociedad en su clamor (3 de cada 4 españoles quieren que dimita o la cesen). Daría también la oportunidad a Rajoy de remodelar su gobierno y virar en sus políticas, inaugurando un nuevo escenario político que garantice el crecimiento económico y la recuperación de la confianza de los ciudadanos. 

Ana Mato y la “cosa natural”

En el foro Farmaindustria, la patronal farmacéutica, la ministra de Sanidad se ha descolgado con uno de esos discursos que tienen la cualidad de cabrear a todos. Dice la ministra que eliminará del vademécum aquellos medicamentos que a su juicio tienen escaso valor terapéutico y que se pueden sustituir con <<alguna cosa natural>>. Enfado pues de la industria, pues peligran ventas; enfado de los usuarios, pues les preocupa el deterioro del sistema sanitario; y enfado también de los profesionales de las terapias naturales y alternativas ante la forma despectiva de referirse a su trabajo.

Parte de la prensa, en especial la más próxima a la izquierda, ha puesto en duda la capacidad terapéutica de las alternativas a los fármacos alópatas con el objeto de criticar a la ministra Ana Mato. Sin embargo, gran parte del discurso no deja de estar fundado en prejuicios y falta de información.

Las medicinas naturales han demostrado sobra capacidad terapéutica y preventiva. En especial, son recomendables en afecciones leves, pero de carácter crónico, y como coadyuvantes en los tratamientos más agresivos que propone la medicina alópata.

Terapias como la acupuntura, quiropráctica, homeopatía, fitoterapia, osteopatía o magnetoterapia, por nombrar a algunas, ofrecen resultados muy alentadores en centenares de patologías de diversa índole. Además de ser un medio muy adecuado para encontrar el equilibrio vital necesario para el bienestar del individuo.

La filosofía de estas terapias alternativas: <<tratar personas, no enfermedades>>, ha hecho que se  conviertan, por derecho propio, en una opción muy aceptada por la sociedad. De hecho, su crecimiento en España ha sido imparable desde hace décadas y al margen de las crisis económicas.

Por desgracia, algunas de estas terapias son muy caras y no están al alcance de todos los bolsillos. Ni existe tampoco en nuestro país una legislación que garantice los derechos los pacientes cómo de los profesionales de estas terapias.

Lejos de cuestionar a Ana Mato poniendo en duda la capacidad de las alternativas a la medicina alópata, lo que deberían hacer ciertos medios de comunicación, es generar el debate que logre el marco legal necesario para la práctica segura de estas terapias y su integración en el modelo de sanidad pública.

Porque lo realmente cuestionable de la decisión de Ana Mato, no es sustituir terapias alópatas por otras naturales menos agresivas. Lo cuestionable es que las terapias naturales sólo están al alcance de los bolsillos más pudientes.

Existe, aunque algunos no quieran verlo, un abuso en el uso de los fármacos. Muchos de los medicamentos que se ingieren para afecciones menores, pueden ser sustituidos con éxitos por alternativas naturales que no presentan contraindicación alguna. Sin embargo, si no se apuesta por ellas desde el sistema público de salud, estas alternativas quedaran sólo a disposición de los más pudientes. Contra esto es contra lo que se debe alzar la voz, pero no cuestionar las terapias naturales con el propósito de desacreditar a una ministra. 

Ana Mato asegura que el gobierno no impondrá el copago

¡Claro que no! Sanidad es competencia de las Comunidades Autónomas. El Gobierno de Rajoy no implantará el copago, lo harán los gobiernos regionales del PP.

La declaración de Ana Mato suena a promesa electoral. Como la de no subir los impuestos. Y fue lo primero que hicieron. 

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Regreso al pasado

La ministra  Ana Mato ya está dando los primeros pasos para impedir que la píldora del día después pueda ser adquirida sin necesidad de receta médica. La excusa son los posibles daños que su uso pueda acarrear en las mujeres. Y para que no quede dudas algunas sobre lo mucho que preocupa al PP la salud de las mujeres, se ha encargado un informe científico que demuestre lo peligrosísimas que son estas nocivas pastillitas.

La Organización Mundial de la Salud ya se pronunció al respecto, declarando que el uso repetido de la píldora del día después no es causa de ningún riesgo para la salud de las mujeres. En la misma línea, la Francia, Reino Unido, Bélgica o Luxemburgo dio su visto bueno a este anticonceptivo de emergencia. La propia experiencia  con su uso demuestra lo inocuo de su empleo.

En países como Francia, Reino Unido, Bélgica o Luxemburgo, se adquiere sin necesidad de receta, igual que ocurre hasta el momento en España. Pero esto va a cambiar. En la católica España, la España del Gobierno del PP, esa España de gentes de bien, no se puede permitir que las mujeres puedan ser dueñas de su cuerpo, su sexualidad y, en último término, decidir si quieren o no ser madres. Para eso está Dios, que él sabe lo que se hace y a quién. Y si no te gusta, pues abstinencia, que ya advirtió Rouco Varela de la degeneración social y moral que causa la libertad sexual.

Gallardón, el flamante Ministro de Justicia, que quiere pasar a la historia por solucionar el colapso de la justicia desjudicializando todo (y de paso que hagan negocio los notarios), también ha anunciado su propósito de impulsar una ley que devolverá el aborto al cajón de las hipocresías varias. Ese limbo legal donde la mujer con una mentirijilla podrá abortar, tal y como ocurría antes. O viajar a Londres, donde se compra bueno y barato, y de paso se puede decidir si continuar o no con los embarazos.

Bienvenidos al pasado. Bienvenidos a la España como Dios manda, esa que no gasta más de lo que tiene y respeta el ayuno y las fiestas de guardar. Rajoy dijo que quería gobernar para todos…  para todos los católicos fundamentalistas, claro.

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