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Archive for the ‘I+D+I’ Category

Una de bomberos

Erase una vez una ciudad. En la ciudad una casa. Y en la casa un incendio. Los dueños de la vivienda intentaron apagarlo con sus propios y escasos medios. Cuando fueron conscientes de la inutilidad de sus esfuerzos, llamaron a los bomberos.

-          ¿Seguro que es un fuego? Mire usted, que estas cosas se confunden – preguntó el bombero que atendió la llamada de auxilio.

El incendio creció hasta hacerse dueño de toda la planta baja del inmueble. Mientras, en la planta alta, encerrados en la habitación más lejana al fuego, los inquilinos de la casa seguían al teléfono.

-          Verá usted, es que nos pilla lejos.

El incendio se había declarado en una de las viviendas de un barrio periférico. Un barrio de gente honesta, trabajadora y sencilla. Una zona de la ciudad que los habitantes del centro urbano sólo pisaban los domingos y los días libres. Para dar gusto a la parienta y los niños, comer totilla de patas, hartarse a cerveza barata y tomar el sol.

Los de la casa no daban crédito. Le indicaron al bombero la ruta más corta para llegar hasta el incendio.

-          A estas horas hay mucho tráfico – se excusó el funcionario – no se sí merece la pena acercarse, porque no vamos a llegar a tiempo.

 La parte baja de la vivienda era pasto de las llamas. La familia temió por su vida. Desesperados, trazaron varias rutas alternativas y se las explicaron al bombero.

El fuego avanzaba rápido, fuera de control. En un rato, alcanzó a las casas vecinas y toda la calle comenzó a arder.

-          ¿Han llamado a los bomberos?

-          Están de camino.

-          ¿Por qué tardan tanto?

-          Se tienen que detener en todos los semáforos.

-          Ah¡ Los semáforos regulan el tráfico en los cruces. Gracias a ellos no hay tantos accidentes. Hay que obedecer a los semáforos.

El barrio entero se convirtió en una parrillada. El humo y las llamas se veían desde cualquier punto del mapa, por lejano que fuese. Las ciudades cercanas comenzaron a inquietarse y pidieron a la ciudad que sufría el incendio que se diera prisa en sofocarlo.

-          Ya va, ya va – parece que dijo alguien – ¿acaso dudan de nuestra capacidad para resolver solos nuestros problemas?

Todos guardaron silencio. Pero algunos torcieron el gesto, dibujando una sonrisa ácida en el rostro.

Por fin llegaron los bomberos. La gente los recibió con júbilo. Quizás demasiado.

Mientras extendían las mangueras en el suelo pavimentado de la calle en llamas, el jefe de bomberos se dirigió a los vecinos afectados, la mayoría atrapados dentro de las viviendas. Se llamaba Draghi. Nadie lo conocía, pero todos habían oído hablar de él maravillas. Decían que era un fenómeno en la cosa de organizar desfiles.

-          Lo primero que hay que hacer en un incendio – explicó a voz en grito – es cortar la luz y el gas.

Los vecinos de las casas que aún no habían cortado la luz ni el gas, se jugaron el pellejo para cumplir con las órdenes del jefe de bomberos.

-          Coloquen toallas húmedas en las rendijas de las puertas – siguió aconsejando Draghi, protegido por sus gafas redondas y negras. Tras las gafas tenía cara de ratón.

Los habitantes de las viviendas en llamas se miraban unos a otros, perplejos. La intensidad de las llamas hacía inútil aquel consejo. Pese a todo, obedecieron.

-          Oiga, que tengo a la parienta con la permanente chamuscada arrojando cubos de agua al fuego – gritó alguien desde una ventana.

-          Pues que no arroje el cubo, solo el agua – respondió Draghi.

-          Que dice mi mujer que si usted es gilipollas – volvió a atronar la voz.

-          Según el día – reconoció el jefe de bomberos con cara de ratón –. Pero que no eche el agua así como así, que la dirija a la base de las llamas.

Estaban a punto de intervenir los bomberos cuando llegó la alcaldesa. Una tal Ángela, cuerpo de machorra y cara de no haber tenido un buen orgasmo en su puta vida.

-          ¿Todo esto quien lo va a pagar? – preguntó con aire de autosuficiencia marcial.

-          ¡Que nos quemamos! – gritaron varias voces desde las ventas.

-          Sí, pero los incendios no se originan solos – aseguró la alcaldesa –. ¿No habrá sido provocado?

Habían acudido al lugar numerosos ojos ávidos de ver cómo sus vecinos se achicharraban, vuelta y vuelta. Al escuchar la pregunta de su alcaldesa comenzaron a murmurar. <<Quizás lo merezcan>><<¿Quién sabe? ¿Y si todo lo han hecho para llamar la atención?>>

-          Supongo que todos tendrán un seguro de responsabilidad civil – continuó Ángela –, porque el agua no es gratis. Los bomberos querrán cobrar las horas extra. Se va a descuadrar el presupuesto municipal. Tendré que subir los impuestos. La gente de bien no sufre incendios. Y si los sufre, tiene extintores. ¿Tenéis vosotros extintores?

De la casa en la que se había iniciado el fuego ya sólo quedaba el esqueleto humeante. Desde todas las viviendas asoladas por las llamas podían escucharse terribles gritos de dolor y auxilio. Algunos, antes de acabar en la barbacoa, decidían arrojarse por las ventanas y estrellar sus sesos en el asfalto.

El espectáculo era coreado por los curiosos, nostálgicos de una época en la que las ejecuciones eran públicas y se podía oler la carne quemada de los herejes mientras se escuchaban sus gritos.

-          Antes de gastar dinero en salvarles – aseguró la alcaldesa –, quiero que me enseñen su presupuesto familiar. Hay que trabajar más horas para ganar más. Y hay que gastar menos. Hay que ahorrar, contratar seguros y comprar muchos extintores.

Los vecinos accedieron a todo. Estaban desesperados. Sus casas ardían, sus familiares se quemaban. No acertaban a comprender que les quería decir aquella machona de rostro amargo. Sus casas eran también sus talleres y sus tiendas. ¿Dónde iban a trabar si todo acababa devorado por el fuego?

Algunos de los afectados creían en las ideas de la alcaldesa. Ellos siempre habían admirado a la gente de los barrios ricos. Querían ser como ellos, vestir como ellos, pensar como ellos. Por eso adoptaron unas ideas que no eran suyas.

-          Demuestren que son capaces de gobernar sus casas conforme a mis indicaciones – exigió la alcaldesa –. De lo contrario, no dejaré que los bomberos les ayuden.

-          Señora, antes éramos una ciudad libre – dijo un valiente, con los ojos arrasados en lágrimas e impotente ante la devastación que asolaba su barrio –. Teníamos nuestro propio cuerpo de bomberos y tomábamos nuestras propias decisiones. Nos unimos a ustedes para ser más grandes y mejores, pero de igual a igual.

-          El pasado es el pasado – rió Ángela –. A verlo pensado antes. Como los seguros, y los extintores.

-          Teníamos seguros y extintores – replicó la voz valiente.

-          No eran suficientes – reprochó la alcaldesa – lo que es igual a no tener nada.

Los vecinos de los barrios céntricos,  que habían acudido para ver el espectáculo, aplaudieron las ocurrencias de su alcaldesa.

Entonces, sucedió algo que nadie esperaba. El fuego, el implacable fuego, avanzó hacia los barrios ricos de la ciudad. Allí tenía su casa la alcaldesa. También tenían sus casas los vecinos que acudían en masa a ver la pira en la que se había convertido aquel barrio de las afueras.

Los bomberos actuaron al fin. Pero no dirigieron sus mangueras hacia el barrio pobre. Se dedicaron a salvar sólo las casas de los barrios ricos y el centro de la ciudad.

El barrio quedó devastado, y los vecinos recibieron la factura de los daños ocasionados por el incendio. Según los vecinos del centro de la ciudad, inspirados por la alcaldesa, los habitantes del barrio periférico habían sido los responsables del fuego que asoló todo a su paso.

¿Les suena la historia? A mi sí.

 

El general que equivocó la estrategia

Desesperado, perdido, esquivo,  el general que equivoco la estrategia observa incrédulo cómo masacran a sus soldados. Podría tocar retirada. Pero no lo hace. A estas alturas de la carnicería, con los batallones rodeados, la retirada sería una matanza. Además, en el fondo de su ego, cree que los soldados son los culpables. Esa chusma  debilucha de  infantería no ha luchado como debiera, piensa para sus adentros. El general nunca fue educado para reconocer sus errores.

Claudica. Y traga con todo. Que hay que subir el IVA, pues se sube. Computar más años en las pensiones, pues también, ¡faltaría más! ¡Contrariar al señorito! ¡Habrase visto tanta insolencia! Rajoy ha decidido vendernos, y vendernos barato. Recortará los subsidios de desempleo, eliminará deducciones fiscales, impulsará más recortes sociales y más subida de impuestos.

Los soldados, ajenos a los que los generales discuten enfundados en trajes caros y bebiendo buen vino, dándoselas de hostias contra todos. Así, a cara descubierta, como se hacían las cosas antes. Con un par bien puestos. Apenas tenían armas con las que combatir, pero les bastó con los bolines de hierro que les colgaban entre las piernas.

¿Cuántos soldados quiere? Si, unos miles más. Enseguida se los pongo para que usted los pase por la picadora. Faltaría más. Por favor, con lo buenos amigos que hemos sido siempre. Pero le pediría que, la próxima vez, emplee vaselina. Gracias. Qué bien, nos van a dar un año más para cumplir el déficit. ¿Y de lo pactado? Ya, que no es el momento, claro, si yo no quería importunar.

La prima de riesgo por las nubes. La solución pasa porque el BCE compre la deuda de los países asediados por la especulación financiera. Pero no lo hace. No le da la gana. Es juez y parte. El no dispara los obuses que están destruyendo las bases de la economía española, pero sale beneficiado de que nos vayamos todos al carajo. Rajoy debería  exigir una solución inmediata al problema del déficit antes de aceptar ninguna contraprestación. O nos salvamos todo o vuelo el barco. Así de simple. Europa responde a la llamada de sus aliados y socios o hacemos estallar el euro y que cada perro se lama su cipote. Pero no lo hace. Tiene miedo.

Rajoy podría haber sido ese general valiente que se pone al frente de las tropas y grita: ¡que el último de los nuestros mate al último de los suyos! Pero no lo hace. Tiene miedo. Le falta lo que le sobra a sus soldados. La historia de España, siempre pariendo buenos soldados y ni un maldito general decente. 

El IBI de la Iglesia

El PSOE busca reconciliarse con esa parte de la izquierda a la que dejó en la cuneta hace décadas. Acusados de ácratas, respondones, indisciplinados y puñeteros, muchos de aquellos que habían luchado contra la dictadura y pagado el precio ante la Dirección General de Seguridad con cárcel y exilio, se vieron ninguneados por profetas de lo políticamente correcto.

Quedaron solos y abandonados. Perdidos entre dos tierras. A la derecha estaba el PSOE de Felipe González, el mago de lo posible; y a la izquierda los de IU, inmaculados y moralistas, deseosos de pasar por la tierra sin mancharse, Semper fidelis.

Laicos y republicanos, no querían ni podían dejar de serlo. Soñaban con un país en el que cada uno pudiese vivir como quisiera y con quien le saliese del moño. Defendían y defienden el fin de todos los privilegios y que cada palo aguante su vela.

Nadie les hacía caso, pero ahora que la derecha está más ancha que panza, resulta que son la niña bonita de Rubalcaba. A ellos se dirigen muchos de sus mensajes. A la vejez, el PSOE se da cuenta que importa más ser que parecer. Y andan abanderando el laicismo contra tanta sotana y tanto cristiano viejo.

Quieren que se revise el Concordato, y que la Iglesia page el IBI. Pero cuesta creerles. No tanto porque tuvieron la oportunidad y no lo hicieron, como por no haber entendido nada. Queremos la república sí, pero por convicción, no por la degradación del régimen anterior. Somos laicos, pero no porque la Iglesia nos caiga bien o mal (que es cuestión de cada uno) sino porque estamos contra los privilegios de unos pocos y las discriminaciones, incluso las positivas.

La Iglesia debe pagar el IBI y dejar de recibir subvenciones públicas, pero igual reza para sindicatos, partidos políticos, organizaciones patronales, onegés, y demás fauna. Quien quiera gloria, que se la gane; quien tenga honra, que la conserve; y que el pan lo gane cada uno con su sudor.

El dinero de público, que también es mío, no está para costear la religión de uno ni la ideología de muchos, está para ser invertido en sanidad y educación, en infraestructuras que mejoren nuestra competitividad y en I+D+I. Todo lo demás, sea a la Iglesia, o la fundación Largo Caballero, es meternos la mano en el bolsillo a todos los españoles. 

Condenados a servir

Cuando un país no invierte en educación condena a sus hijos a vivir siervos de países más avanzados. Cuando un país no invierte en I+D+I condena a sus ciudadanos a llegar tarde a todos sitios.

España no vivió una verdadera revolución industrial, pero en estos años de cambio, cuando los viejos paradigmas se rompen y surgen otros nuevos, teníamos la oportunidad histórica de sumarnos a la revolución de las TIC y poder tratar de igual a igual a cualquier otro país de mundo.

Sin embargo, la derecha reinante en los medios de comunicación y ahora también en el gobierno, ha decidido que los españoles perdamos nuevamente el tren. Esa España rancia, de toros y misas, aunque minoritaria, está logrando que todos volvamos a dar la espalda al progreso, a la ciencia, a la razón, a las nuevas tecnologías. Temen los cambios sociales y las ideas nuevas que surgirán en los próximos años. Tienen miedo y por eso prefieren que España quede relegada a ser un país de servicios y mano de obra barata.

El recorte de 600 millones en investigación es una prueba de su corta vista y de su miedo. Es imperdonable que, en la mejor oportunidad histórica que ha tenido España desde la máquina de vapor, haya aún quien se aferre a los mismos errores del pasado.

 

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