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Pirómanos

03/07/2012 4 comentarios

Arde media España, y sólo acabamos de iniciar el verano. Año tras año, verano tras verano, sufrimos la merma de nuestro patrimonio ambiental a manos del fuego. ¿Se puede evitar o son los fuegos parte de un inalterable destino? Soy de quienes piensa que el camino se hace al andar, así que no suelo dar crédito a las profecías ni a quienes hablan de lo inevitable como si ellos mismos hubiesen explorado las distintas opciones. Lo que no me cabe duda, sin embargo, es que cada uno recoge lo que siembra. Cierto que en ocasiones es el clima quien arruina las cosechas, hay parte de azar en esta perra vida que nos toca luchar cada mañana. Pero si uno no siembra es seguro que nada recoge, da igual la plaga con la que toque lidiar este año.

Asumir el fuego como una realidad inevitable es comportarse como el agricultor estúpido, que por culpa de una mala cosecha, decide no volver a cultivar jamás la tierra. Imagine que un ganadero, que al comprobar que una de sus reses está enferma, decide que ha llegado el momento de matar a todas. Pues así es como nos comportamos en relación a la naturaleza, y más en concreto con el problema de los incendios forestales.

Los fuegos se apagan en invierno. Si, en invierno. Con silvicultura y cuidado del monte. Con la vigilancia necesaria y la gestión preventiva. Con leyes que se cumplan. Y castigos duros: quien practique quemas incontroladas de rastrojos debe sufrir todo el peso de la ley. O sea, al trullo con él y embargo de propiedades y rentas.

Las redes sociales claman contra los responsables políticos que han permitido que Valencia vea arder su pulmón verde. Pero poco o nada hicieron para evitar que esto llegase a ocurrir. El problema es que llevamos décadas mirando para otro lado, confiando en que sean otros quienes asuman la responsabilidad y pongan la cara. Nadie se ha preocupado en España por exigir a los gobiernos un plan de recolonización de las áreas rurales, por plantear recuperar el monte y los bosques como fuente de riqueza, y castigar con la dureza que merece a todo aquel que crea que el campo es su estercolero privado.

Basta dar una vuelta por las zonas frecuentadas por domingueros, para observar la inmundicia que los urbanitas pijos dejan a su paso en los merenderos campestres. ¡Cuánto podríamos recaudar si a cada imbécil gorrino que tira un papel en el bosque le clavamos una multa de mil euros! Que me paso veinte pueblos. Si, los veinte pueblos que ahora corren peligro por culpa del fuego.

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