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Islandia, ¿reserva moral de Europa?

Todos tenemos una geografía emocional formada por personas, músicas, lugares e incluso países. Escuchar algunos nombres o referir ciertas ciudades nos hace despertar emociones muy intentas, recuerdos dormidos que conforman nuestra personalidad ocultos en las cuevas de nuestra memoria inconsciente. Será por eso que, cuando alguien me habla de Islandia, inmediatamente despierta mi atención e incluso logra que me sienta de buen humor.

Mi relación con este país nació hace más de una década, cuando en un viaje a Escocia, un amigo puso una grabación en la que Sveinbjörn Beinteinsson recitaba algunos Rímur. Caí fascinado ante la fuerza expresiva de aquellas rimas tradicionales, a pesar de no entender ni jota de lo que decía. Por entonces, lo único que conocía de Islandia era su cantante Björk, pero el interés despertado por aquella música folk me llevó a descubrir a  Daníel Ágús, Anna Mjöll, o Sigur Rós. De ahí a interesarme por su literatura solo hubo un paso, y comencé a leer traducciones inglesas de Halldór Laxness (uno de esos premios Novel desconocidos en España), Thor Vilhjálmsson, Gudbergur Bergsson ola posteriormente mundialmente conocida Yrsa Sigurdardóttir.

También descubrí en aquellos años a pintores como Kjarval, la impresionante Gabriela Gabriela Fridriksdóttir, la belleza surrealista de los paisajes de Arnor Bieltvedt, o la escultura que nos trasmite las dificultades y la fuerza de nuestros ancestros ideadas por Anna Sigríður Sigurjónsdóttir.

Pero lo que más me sorprendía de todo era la cantidad y calidad de la producción cultural de un país de apenas 330.000 habitantes. Prácticamente uno de cada diez islandeses publicará un libro a lo largo de toda su vida.

Luego llegó la crisis económica y la Revolución Islandesa, que si no me sorprendió tanto como a muchos – para mí era obvio que los islandeses revolucionarían el mundo antes que renunciar a su modo de vida –, me alegró como al que más.

Claro que la Revolución de Islandia no ha sido la panacea. Es verdad que los islandeses trabajan hoy más y cobran menos que hace cinco o seis años. Pero los esfuerzos no responden a recortes impuestos, sino a la voluntad colectiva de construir un futuro mejor; es decir, los islandeses están invirtiendo en su futuro, e igual que el deportista que se sacrifica en los entrenamientos, o el universitario que renuncia a salir un sábado por la noche para preparar un examen, ellos asumen los esfuerzos de hoy como el precio que deben pagar por un futuro más cómodo. El premio a tanto esfuerzo ya comienza a acariciarse gracias al crecimiento económico y al equilibrio presupuestario del que disfrutan en la actualidad.

Su alto nivel de vida, su elevadísimo nivel cultural, sus tasas de bienestar, la lección que dieron al mundo sentando a los culpables de la crisis frente a un juez y su capacidad de conciliar esfuerzos para superar las dificultades y construir un futuro más próspero sin renunciar a sus logros sociales, han convertido a Islandia en el referente moral de la vieja Europa. Es posible que incluso del conjunto de occidente.

¿Por qué ha sido posible? Algunos plantearán que ha sido posible porque la población es pequeña. Países con tantos millones de habitantes como España no podrían seguir sus pasos. Razonamiento tan pueril no merece contestación alguna. Pero es cierto que han sido muchos los factores que han construido la Islandia que hoy conocemos, desde la dureza de su clima a su relativo aislamiento del continente, pero sobre todo ha sido la incorporación de la mujer a la toma de decisiones lo que ha marcado la diferencia respecto al resto de Europa.

Algo que no nos han contado de la Revolución Islandesa es que esta también supuso el final del machismo. Muchos islandeses entendieron que era el momento de poner fin a la “chulería masculina” y afrontar los valores propios de las mujeres, de la naturaleza, de lo femenino. No se trataba de ninguna paridad, ni de incorporar a mujeres con hábitos y pensamientos masculinos en las listas electorales. La Revolución iba mucho más lejos: se trataba de cambiar la naturaleza del debate, de dar la espalda a la fuerza masculina para abrazar el poder femenino.

Hoy el gobierno islandés está formado por más mujeres que hombres, sin leyes algunas que obliguen a ello, y en el destacan mujeres como Katrin Jakobsdottir, Ministra de Educación, quienes muchos imaginan ya como la próxima presidenta de su país.

Los cambios han sido tan profundos que aún da vértigo pensar en las consecuencias que traerán para el mundo. Por mucho que los hombres viejos – con testículos u ovarios – quieran ocultar a los europeos los pasos de gigante que está dando Islandia, quienes creemos en el progreso y la justicia social, vamos a seguir mirando con interés (y algo de envidia) el devenir de este pequeño y culto país. Porque han sido capaces de poner en su sitio a los todopoderosos mercados financieros, trabajar unidos para superar las dificultades, conservar su modelo social, valorar el conocimiento por encima de las posesiones y reinventar el matriarcado. 

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