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De la Ley de Unidad de Mercado

26/01/2013 2 comentarios

Lo malo de esta ley no es su existencia, es su necesidad. La ley que acaba de aprobar el Gobierno tendrá sus virtudes y defectos, como cualquier obra humana, pero nadie podrá dudar de su necesidad y coherencia. Necesaria porque las diferentes trabas burocráticas e incluso impositivas que encontramos según la Comunidad Autónoma, nos devolvían al medio, con su diversidad de sistemas impositivos, privilegios y ausencia de mercados libres. En este sentido, España ha practicado en los últimos tres lustros una suerte de colbertismo económico, política propia de la Francia del siglo XVII. Recordemos cuáles eran sus prácticas más renombradas:

1)      Fuerte intervencionismo que impedía la libre competencia.

2)      Proteccionismo de los mercados internos.

3)      Subsidios a las exportaciones.

Vamos, lo que las Comunidades Autónomas han estado haciendo desde hace quince o veinte años: intervenir en los mercados mediante empresas públicas o privilegiando empresas privadas mediante concesiones de centros y servicios públicos, barreras administrativas para impedir la competencia de los de “fuera”, y engordar los presupuestos subvencionando no ya a las exportaciones, sino a cualquiera que sector o empresa que se considerase “estratégica”, con frecuencia coincidiendo con los intereses electorales de los gobiernos locales y autonómicos.

Esta situación generó una ruptura en diecisiete pedazos del mercado nacional ha traído no pocos problemas a nuestros emprendedores y dificultado la creación de riqueza real. Lo más triste de todo es que los debates sobre la libertad de mercado son propios del siglo XIX y no del XXI. Fue tras la caída del Antiguo Régimen cuando los librecambistas pelearon por la superación de las fronteras económicas. Algo que se ha demostrado que contribuye, más que cualquier otra cosa, a la paz y la prosperidad de los pueblos. Sin embargos, algunos líderes autonómicos parecen desear levantar muros económicos y políticos a su alrededor.

Las políticas proteccionistas de las Comunidades Autónomas están generando la fragmentación de nuestra economía y dificultando la recuperación, además de destruir nuestra competitividad. La actual dispersión normativa reduce las economías de escala y eleva los costes, con la consecuente pérdida de competitividad en los mercados internacionales, pérdida de beneficios y destrucción de empleo. Era prioritario recuperar la unidad de mercado; y el error era no haberlo hecho antes.

La descentralización del poder que supone la existencia de las CCAA debería ser un aliciente para uno de sus grandes aspectos positivos: la competencia institucional. Sin embargo, lejos de darse este escenario, las instituciones impiden la libre competencia con un exceso regulatorio y compensas sus errores estratégicos con proteccionismo y un increíble aumento de las subvenciones y ayudas a las empresas radicadas en sus territorios.

Pero además de necesaria, como decía al principio, es coherente. Primero porque Rajoy – que no el PP, donde abundan los conservadores más que los liberales –, presumía de ser un liberal convencido; cosa que cuesta creer a la vista de las decisiones que ha tomado (subida de impuesto, rescate del sector financiero con medios públicos, intentos de condicionar el ejercicio de derechos civiles como el de manifestación pacífica, etc.), sobre todo porque la adopción de una moneda única supone un paso determinante hacia la integración de los mercados nacionales. Un proceso que obliga a corresponsabilizar la deuda de los Estados entre los socios del Euro, armonizar las políticas fiscales y presupuestarias, avanzar en marcos reguladores comunes, etc. Es decir, más Unión Europea. Un proyecto que sólo podrá lograrse si, cada uno, hace sus deberes en casa, cosa a la que muchos parecen no estar dispuestos. 

La crisis de la socialdemocracia

La socialdemocracia pasa por sus horas más oscuras. De los 502 millones de europeos que formamos la UE, sólo 79 millones están gobernados por la socialdemocracia. Y esto gracias a Hollande, que al ganar las elecciones en Francia a sumado 65 millones, pues tras la derrota del Psoe en España, el hundimiento de la socialdemocracia europea les dejó una cuota de poder ínfima, insignificante, con un control institucional sobre sólo 14 millones de habitantes.

Si repasamos la distribución de los parlamentarios europeos, los conservadores aventajan a los socialdemócratas en un 35% de representación institucional, 271 europarlamentarios frente a 189 de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas. Triste situación para quienes representaron el sueño y los valores de la vieja Europa. ¿Cómo se ha llegado a esta situación?

La crisis de los 70 supuso el final de las teorías de Keynes. La aparición de la estanflacción acabó con la capacidad de las doctrinas keynesianas para enfrentar las crisis económicas. Hasta ese momento, la inflación se había producido por desequilibrios en la oferta y la demanda, pero a partir de las crisis energética de los 70, la crisis se originó por una inflación originada en la escasez de recursos. O dicho de manera más precisa: la demanda estructural de materias primas (en especial energética) presionaba al alza los costes y en consecuencia los precios, generando la inflación. Y lo que era – y sigue siendo hoy en día – aún peor: la tendencia al alza no se detendría salvo que dejásemos de consumir. Algo impensable entonces y ahora.

La respuesta a la situación la dio Milton Friedman, quien introdujo las expectativas en los modelos económicos y favoreció, con sus propuestas, que la subida de los costes de las materias primas se compensase con los costes productivos. Es decir, mayor flexibilización en el mercado laboral y un control férreo del gasto público. Comenzó la era del déficit cero. Sin embargo, los políticos solo leyeron la parte que le interesaba de las teorías de Friedman. Cuestiones como la legalización de la marihuana, o la apuesta por la educación pública (Milton protagonizó una campaña a favor de los cheques escolares en USA), fueron arrinconadas.

La aplicación parcial e interesada de las teorías de Milton supuso que, en los 90, la crisis hiciera saltar por los aires el modelo. La respuesta fue recurrir al crédito. Y de aquellos polvos estos lodos. La socialdemocracia, durante todo ese periodo, no articuló ningún discurso alternativo, y se dedicó a implementar políticas neoliberales contra las que, desde la perspectiva histórica y moral de la socialdemocracia, debía estar en contra.

Esta aplicación de recetas neoliberales y la falta de una propuesta intelectual, llevaron a los partidos socialdemócratas a preguntarse cómo podrían diferenciarse de sus competidores electorales. En el fondo, al hacerse esta pregunta, reconocían la falta de un modelo económico y social que confrontar al neoliberal, pero sobre todo, suponía la renuncia a la política. Ya no hacían política, se dedicaban al marketing.

Como elementos diferenciadores, eligieron, sobre todo, los relacionados con el multiculturalismo. Podían haber hecho una apuesta mucho más fuerte por la integración europea, convirtiéndose en los referentes del federalismo político en Europa. O haber optado por cambios en las leyes electorales para favorecer la participación ciudadana. Incluso podían haber competido con los emergentes verdes por una economía sostenible. Pero no lo hicieron. Se dedicaron a gestionar las instituciones con criterios neoliberales y exaltar cuestiones multiculturales como bandera de su diferenciación respecto de los conservadores.

Basta observar la base electoral de la socialdemocracia francesa, que es la que mejor está resistiendo, para comprobar cómo su electorado se ha ido transformando en las últimas dos décadas. Los estudios que se presentan en el país galo, están demostrando que la socialdemocracia sólo obtiene mayoría entre los grupos de origen emigrante; mientras que los jóvenes optan por posiciones más alternativas, defendidas por verdes y organizaciones antisistema; y los partidos más populistas arrasan entre las clases obreras francesas.

Los propios think thaks cercanos a las formaciones socialdemócratas de toda Europa, hablan sin tapujos de la “crisis de la socialdemocracia”, pero aunque algunos son capaces de diagnosticar la enfermedad y sus causas, nadie parece comprometido a impulsar las soluciones.

Los partidos socialdemócratas europeos están inmersos en una crisis interna que les impide enfrentar la crisis de identidad e ideológica que sufren. La pérdida del poder los ha vuelto formaciones cainitas dedicadas a luchar unos contra otros para repartirse las migajas de poder que aún conservan.

El caso de España es paradigmático. Durante décadas, el Psoe ha contribuido a generar un cuerpo parapolítico insostenible, costoso, y que tarde o temprano terminaría fagocitando al partido. Demasiadas fundaciones, ong, patronatos, empresas públicas, etc. El Psoe actuó – y en esto se da la mano con los conservadores del PP – como una agencia de colocación. Una estructura de promoción laboral en el marco de las instituciones y en paralelo a la administración.

La política se ha convertido en una profesión. Uno se afilia a las juventudes de un partido, compite con los de su generación por la obtención de un puesto de dirección política, y comienza una carrera profesional que lo llevará por diferentes instituciones, fundaciones, ong y cargos de representación hasta que se jubile. Esto ha significado que las clases medias dejen de identificarse con la política, pero más en particular con la socialdemocracia.

Si los partidos no son capaces de abrir sus candidaturas a la sociedad, se vuelven sectas endogámicas. Y esto es especialmente grave en el caso de la socialdemocracia, que en principio tienen como objetivo la defensa y representación de las clases medias. Las clases altas siempre han sido elitistas y endogámicas; pero cuando las fuerzas políticas que debieran combatir esas situaciones se vuelven tan sectarias como aquellos a los que dicen combatir, la catástrofe está servida.

 

¿Qué le sucede a Europa?

30/05/2012 1 comentario

La crisis del euro es solo el síntoma más grave de la enfermedad que asola Europa: la falta de liderazgo y de democracia en las instituciones europeas. Lo cierto y verdad es que el proyecto de Constitución Europea fracasó por la deriva antisocial y neoliberal que incluía el texto. También, probablemente, porque los gobiernos de los diferentes países de la Unión no han hecho nada para que surja un auténtico sentimiento de pertenencia europeo.

Aún es posible leer con frecuencia las declaraciones de políticos de primer orden exacerbando los sentimientos patrios. Utilizando de forma cacique y partidista la bandera o el himno. El europeísmo, más silencioso y civilizado, no encuentra hueco en el debate político. Y esa ausencia del debate y los medios de comunicación, que sólo dan noticias negativas de la Unión Europea, provoca el desinterés de los ciudadanos respecto a Europa, a la que se la sigue viendo como algo muy lejano.

Y mientras ese desinterés acampa en nuestra sociedad, los sectores neoliberales y ultraconservadores se hacen con el control de las instituciones. Evitan una participación real de los europeos en la elección de un gobierno común, pues prefieren que sean tecnócratas quienes gestionen el presupuesto. Así se aseguran que Europa nunca irá más allá de ser una declaración de intenciones con más o menos capacidad de gestionar ciertas políticas sectoriales, pero nunca el poder real de limitar la acción abusiva de los mercados o los déficits de gestión política en algunos países.

Es esta falta de legitimidad democrática la que impide tomar las decisiones correctas en relación al Euro. La crisis ha demostrado la fragilidad de la Unión. Los países están actuando según sus propios intereses desde que empezó la crisis, más de lo que lo habían hecho en los últimos treinta años. Alemania ha encontrado una vía para su expansión política y pretende hacerse con el poder absoluto en el seno de la Unión Europea. Su propuesta es simple: o me obedecéis o asfixio vuestras economías. Es la Europa de los Estados Libre Asociados a Alemania.

Hollande es la esperanza de muchos. No solo los socialdemócratas, sino de cuantos creemos en la Unión Europea. El ha sido el único en decir NO a la todopoderosa Merkel. Y a pesar del esfuerzo del Partido Popular Europeo por marginarle, ha logrado los apoyos implícitos de muchos gobiernos europeos. En sólo unas semanas, está logrando que Alemania acepte una negociación sobre las políticas de austeridad que ha impuesto al continente y la política monetaria de la Unión.

 Está por definir cuáles serán las contraprestaciones que exija la canciller alemana a cambio de liberar al euro del secuestro al que lo tiene sometido. Por el momento se impone el pragmatismo: si Grecia sale del Euro causará un cataclismo, pero como caiga, el caos será total. Se quiera o no, hay que salvar a Grecia. Merkel lo hará porque sabe que el precio por su caída es demasiado alto; Hollande porque siente que los europeos estamos obligados moralmente con nuestro socio. ¿Qué pasará en el futuro? Se están configurando dos bloques: quienes se oponen a ninguna modificación en la política actual y quienes exigen más integración europea.

Algunos pueden querer plantear el enfrentamiento en términos de Alemania y países nórdicos frente a Franceses y Mediterráneos. Pero se equivocan. Las reivindicaciones de los alemanes que se manifestaron en Frankfurt la semana pasada, y que ante su propia sorpresa contemplaron cómo la policía se unía a ellos en su marcha, son las mismas que las reivindicaciones de los indignados españoles, italianos o griegos.

Algunos querrán olvidar – y hacernos olvidar –que Rajoy y Merkel comparten afiliación e ideología. Los dos son miembros del Partido Popular Europeo, y tanto Merkel como Rajoy, anteponen sus intereses y su visión ideológica al bienestar común.

A rasgarse las vestiduras

Esa es la consigna de más de uno. Ante los resultados obtenidos por el Frente Nacional, en los que Marine Le Pen mejora los resultados logrados por su padre, muchos alertan del peligro de la extrema derecha.

Dentro de poco, cuando en Holanda se tengan que adelantar las elecciones, algo más que probable, y el ultraderechista Geert Wilders aumente su influencia, algo que también sucederá en Grecia, el discurso de los hipócritas resonará con fuerza en muchos medios de comunicación europeos.

Si analizamos el discurso de Marine Le Pen, quitando su actitud frente a la inmigración, todas sus propuestas podrían ser suscritas por cualquier líder de izquierdas. ¿Qué está sucediendo? Que la sociedad no está dispuesta a rendirse ante las propuestas que pretenden imponer gobiernos tecnócratas sin capacidad real de decisión.

Hoy, cuando elegimos al presidente del gobierno, estamos eligiendo al capataz. La soberanía a decaído a favor de los mercados, y la reacción de la sociedad se manifiesta en el auge de las posiciones extremistas que, tanto de derechas como de izquierdas, plantean una recuperación del espíritu nacional, de la soberanía, del poder del pueblo y el estado frente a las agresiones de esos mercados.

Es curioso que los gestores del fracaso de la política frente a los mercados sean los primeros en rasgarse las vestiduras. Su actitud de profunda sumisión es la responsable de la polarización de la sociedad y el auge de los extremismos. Son las políticas impuestas como si de dogmas sagrados se tratase las que están empujan a las personas de bien hacia posiciones extremistas. 

El suicidio económico

24/04/2012 2 comentarios

Ayer, el país publicaba un artículo de opinión de Paul Krugman, Premio Novel de economía en el 2008 y catedrático de la universidad de Princeton. En este artículo, cuestiona la política de austeridad impuesta por Alemania, a la que acusa de ser la culpable de la crisis que sufren países como España.

En varias ocasiones hemos citado a muchos intelectuales y economistas de talla mundial que piden un cambio en la orientación de las políticas y avisan de las nefastas consecuencias que tendrán las medidas de ajuste impuestas por el gobierno.

¿Cuándo escuchará Rajoy estas opiniones? Nunca. ¿Saben por qué? Por qué Rajoy confunde política con religión. Cree que la actual crisis es consecuencia de la opulencia del pasado (en el supuesto que tal opulencia existiese, porque somos muchos los que no tenemos la sensación de haber vivido como ricos). Considera que la crisis es un castigo divino, contra el que no se puede luchar, y que merecemos sufrir.

En las medidas que tanto perjudican a la economía, pero sobre todo a los más débiles de la sociedad, cree Rajoy que se encuentra la penitencia por tanto pecado cometido. La visión de la vida como un “valle de lágrimas” y la promesa de una redención futura si soportamos con estoicismo los males presente es el pilar intelectual sobre el que levanta sus políticas el gobierno del PP.

No escucha razones, ni argumentos, porque lo que mueve a Rajoy no es la lógica, es la fe. De ser de otro modo, escucharía a Paul Krigman.

Nota: Para leer el artículo citado: http://economia.elpais.com/economia/2012/04/20/actualidad/1334936437_792753.html

Grecia se convierte en el laboratorio de la ultraderecha europea

Algunos observadores y analistas políticos han comenzado a creer que Grecia está siendo el laboratorio de la ultraderecha europea. Las políticas dogmáticas e ineficientes de Merkel, pensadas solo para lograr convertir al conjunto de la Unión Europea en un apéndice de la Nueva Alemania Reconstituida, están causando no sólo el deterioro económico de todo el Mediterráneo, sino también una oleada ultranacionalista en los países que están sufriendo las duras condiciones impuestas por los germanos.

Las políticas – castigo de Merkel han hundido a Grecia. Los sectores políticos moderados han claudicado a las pretensiones germanas para evitar el aislamiento de su país, pero el coste en soberanía y bienestar está arrastrando a la población a posiciones cada vez más radicales.

Muchos europeos, especialmente en el Mediterráneo, entendemos que la actitud de Merkel es más propia de un enemigo que de un aliado. No ha enviado sus tanques, pero ha usado todo su poder económico para situar a Grecia, Italia y España en el borde del precipicio, obligando a las élites políticas moderadas a decidir entre salir del euro y la Unión Europea, con el consiguiente perjuicio internacional y aislamiento que conllevaría esta decisión, o aceptar doblegarse a su voluntad e incluso reconocer legitimidad para que instituciones internacionales, creadas a dictado prusiano, supervisen sus presupuestos y cuentas públicas.

En Grecia, el gran beneficiado del malestar está siendo el partido Golden Dawn liderado por Nikolaos Michaloliakos. Este partido, ultranacionalista y de ideología cercana al nazismo, está experimentando un crecimiento brutal que empieza a preocupar a muchos analistas, que ven que pueda suceder lo que ocurrió en la propia Alemania durante la república de Weimar, cuando las duras condiciones impuestas tras la Primera Guerra Mundial favorecieron el alza de Hitler.

Son varios los grupos ultraderechistas europeos que miran con interés lo que está sucediendo en Grecia. Esperan que el deterioro económico al que inevitablemente está condenando las políticas de Merkel a los países mediterráneos y la falta de una actitud digna por parte de sus líderes políticos, provoque un retorno del nazismo a la política parlamentaria.

 El próximo 6 de mayo se celebrarán elecciones en Grecia, y Golden Dawn podría lograr, por primera vez en su historia, tener presencia en el Parlamento heleno. Y puede que no esté solo, sino acompañado de otras opciones radicales independientes. De hecho, los partidos políticos tradicionales prácticamente han renunciado a hacer campaña por miedo a las respuestas airadas de gran parte de la población griega. Sin embargo, los grupos ultranacionalistas y nazis han ocupado las calles, en un alarde de fuerza y presencia popular desconocido en aquel país.

Esto ocurre en un momento en el que el antisemitismo está creciendo en muchos países europeos, en especial en Alemania, sin que nadie se atreva a plantar cara a estas posiciones extremistas. Todos sabemos cuál es la solución: cambiar las erráticas políticas que no están sirviendo para reimpulsar las economías y garantizar el bienestar de los ciudadanos, y retomar la Europa de la cosoberanía. De no hacerlo, y hacerlo pronto, las consecuencias pueden ser terribles, y no solo en lo económico. Sin embargo, ante la obstinación de ciertos líderes políticos, uno se pregunta si no es eso lo que están buscando. 

Canarias contra las prospecciones petrolíferas

Canarias ha salido a la calle para protestar contra las prospecciones petrolíferas que el gobierno de Rajoy autorizó nada más llegar al poder. Saben los canarios que se la juegan. Las consecuencias nefastas que acarrearía al turismo, primer motor económico de las islas, puede dar l traste con todo el esfuerzo de décadas. Mucho y bien han trabajado para situar a Canarias entre los principales destinos turísticos del mundo y ser líderes en oferta y calidad. Ahora, con las prospecciones petrolíferas, todas esas inversiones, todo ese esfuerzo, todo ese trabajo de años puede irse al garete.

El gobierno Canario está encabezando la oposición a este proyecto. Una lucha que implicará varios escenarios de guerra. Me explico. Por un lado está la posible irregularidad en la concesión de unas licencias ya anuladas por el Tribunal Supremo en el 2004; lo que inicia una batalla judicial que tendrá que resolverse en las salas del Supremo. Por otro lado, el frente político que movilizará a las instituciones insulares y diversos partidos opuestos al PP. El tercer escenario será el social; Rajoy presume de no hacer caso a lo que dice la gente por mucho que se manifieste en las calles, pero en la práctica sabe que el malestar social terminará pasándole factura, lo cual lo asusta. Por si fuera poco, la bolsa de hidrocarburos está compartida con Marruecos, país que ya ha iniciado la prospección de los futuros pozos y que pretende exigirle a España un acuerdo respecto a las reservas de crudo submarinas compartidas por ambos países, lo que convierte la cuestión en un tema principal de la agenda exterior de España y la Unión Europea.

Aún se complica más la situación por los problemas que la petrolera española Repsol está encontrando en Latinoamérica, donde ha visto como en países como Argentina se le cancelan las licencias de explotación. Situación que hace aún más imperiosa la necesidad de Repsol por explotar los pozos petrolíferos de Canarias.

El gobierno de Rajoy ha demostrado bastante estrechez de miras en lo que a su política energética se refiere. No cree en las renovables y apuesta por prolongar hasta el final la lenta agonía de las nucleares y los combustibles fósiles. Tampoco está acometiendo la necesaria reforma del sector energético en España, y prolonga con subidas en la factura de la luz, la inestable situación del déficit tarifario, a la espera que las eléctricas admitan sus propuestas de compensación, que pueden estar encaminadas hacia la compensación con activos inmobiliarios.

En resumen, Canarias inicia una batalla que terminará inflamando también a la Península, pues no solo se discute de la conservación o no de un ecosistema marino; se trata de perpetuar modelos económicos y energéticos deficientes, tal y como desea el PP, o apostar por modelos más sostenibles. 

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