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Moneda única: un sueño muchas veces frustrado

Algunos piensan que el euro es irreversible por el mero hecho de ser un proyecto único. La realidad es bien distinta. La idea de disfrutar de una moneda única en Europa, ni es nueva, ni sería la primera vez que fracasa.

Unión Monetaria Latina.

Creada en 1865 por Francia, Italia, Suiza y Bélgica, se amplió en 1868 con la llegada de Grecia y en 1889 con Rumanía, Austria, Bulgaria, Venezuela, Serbia, Montenegro y San Marino.

La moneda sobrevivió hasta 1927.

Aunque no se acuñó ninguna moneda común, las monedas de la UML eran aceptadas en los diferentes países y tenían un cambio paritario referido al oro. Es decir, una lira era igual a un franco.

La ratio era 4,5 gramos de plata o 0,290322 gramos de oro. El fracaso se debió a las fluctuaciones de los metales. Se descubrieron nuevas minas de plata y Alemania aprovechó para, apoyándose en su naciente Unión Aduanera, abandonar el patrón plata y adoptar solo el oro. Esto supuso una rápida caída de los precios de la plata que causó una importante devaluación del valor de las monedas.

España había creado la peseta en 1868 para unirse a este grupo, pero al final se mantuvo al margen.

Unión Monetaria Escandinava.

Suecia y Dinamarca adoptaron la “corona” en 1873, una moneda única a la que se le unió dos años más tarde Noruega.

La moneda gozó de buena salud Coronashasta la Primera Guerra Mundial, momento en el que Suecia decidió adoptar un tipo de cambio propio, dando por terminado el experimento.

Las coronas sueca, danesa y noruega siguieron existiendo, pero ya con tipos de cambio distintos.

Estos son solo dos ejemplos de cómo la unidad monetaria no puede sobrevivir sin unidad financiera, fiscal y con un banco central dispuesto a inyectar fondos a los Estados.

¿Sumaremos el euro a esta lista?

La Segunda Reforma Financiera de Rajoy tampoco funcionará

La segunda reforma financiera de Rajoy tampoco funcionará. La razón es sencilla: no se trata de una reforma del sistema sino sólo un saneamiento de los balances. El problema es fácil de entender, nuestros bancos tienen problemas para financiarse en los mercados internacionales porque nadie se fía de ellos y se pretende reestructurar su cartera para que sean más creíbles en el exterior. Una operación de estética, en pocas palabras.

La razón para tanta desconfianza hay que encontrarla en la sobreexposición de las entidades al mercado inmobiliario y la falta de políticas de crecimiento que auguren una mejoría económica para el país. No es solo que los bancos tengan que apechugar con el ladrillo, es también que estos activos inmobiliarios no dejan de perder valor. Un valor que está – no podemos olvidarlo – en relación directa a la oferta y la demanda. Sin crecimiento, la demanda se contrae, la oferta, de por sí excesiva, cobra proporciones titánica, y lo que antes valía 100 nadie lo quiere ni por 10. ¿Imaginan que sucedería si los precios de la vivienda comenzasen a crecer al ritmo que lo hacían en el pasado? Los bancos y los banqueros estarían dándose palmaditas unos a otros y celebrando la noticia.

Sin embargo, los negros nubarrones que oscurecen nuestro futuro económico inmediato preocupan a los prestamistas internacionales, porque nada augura un crecimiento del mercado inmobiliario.  Además, nadie fuera de España se cree los balances de nuestras entidades. Dicho en castizo: los bancos españoles mienten en sus balances. En plan técnico: insuficiente ajuste en la valoración de los activos inmobiliarios. Vamos, que los bancos pretenden que los inmuebles que se han tenido que adjudicar cuenten en sus balances como si la crisis no existiese.

Gran parte del suelo y las promociones inmobiliarias que están en manos de los bancos se siguen valorando a precios de antes de la crisis y no a los precios reales del mercado. La razón es sencilla: la devaluación de estos inmuebles en sus balances forzaría provisionar pérdidas, esto mermaría la rentabilidad y los directivos, cuyos beneficios van ligados a los de la entidad, perderían gran parte de sus emolumentos.

Es decir, si en el pasado se contribuyó a engordar los precios para así garantizar el aumento de los beneficios y por tanto los sueldos de los directivos; hoy se hace lo mismo: sostener artificialmente el valor de los inmuebles para evitar que las pérdidas terminen por recortar sueldos de consejeros e incluso remover a más de uno del sillón.

La propuesta de Rajoy de aislar los activos tóxicos busca una justa valoración de los activos, sin que esta termine por afectar a la cuenta de resultados del banco y por ende a los sueldos de los banqueros. Una fórmula que, se mire por donde se mire, no es otra cosa que la de un banco malo.

Pero el problema no son los balances, sino el tipo de banca que se hace. Es probable que, a fuerza de inyectar dinero, probar solucione y con tiempo, terminemos por sanear los bancos. Pero eso no devolverá el crédito a las empresas y las familias. De hecho, nunca hubo crédito para las empresas. El crédito no fue a parar a manos de la economía real. La financiación corría solo como alimento de los especuladores. En rigor, el crédito para la economía real, la productiva, la de toda la vida, siempre ha estado restringido; antes y durante la crisis.

La verdadera reforma debería garantizar el crédito. Es decir, debería estar orientada a sanear las empresas y no los bancos. Eso no se está haciendo. Siquiera está sobre la mesa. Y esta es la razón por la que estoy seguro que la reforma financiera fracasará. No hay dos sin tres. 

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