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El trago andaluz

Lo ocurrido en Andalucía tiene una lectura compleja. En primer lugar, está el hecho diferencial andaluz, tan denostado por la derecha. Hay quienes piensan que Andalucía es una extensión de Castilla, un accidente geográfico del que habría que culpar al Guadalquivir; pero Andalucía es mucho más que región de España, es un pueblo y una cultura que se siente español pero nunca castellana, madrileña o murciana. Ortega y Gasset, en su Teoría de Andalucía, obra cuya lectura recomiendo encarecidamente a Rajoy, Arenas y Cospedal, dice Andalucía, que no ha demostrado nunca pujos ni petulancias de particularismo; que no ha pretendido nunca ser un estado aparte, es, de todas las regiones españolas, la que posee una cultura más radicalmente suya. Sabio era Gasset, no deberían olvidarlo quienes pretendan gobernar esa tierra.

El olvido del hecho diferencial hace que el PP erre su discurso año tras años. Nunca han estado en condiciones de gobernar en Andalucía, ni lo estarán hasta que no asuman la realidad propia, singular y exclusiva de esta tierra. Es verdad que no han caído en anteriores tropezones. Poco o nada se ha visto en Andalucía a Aguirre o Cospedal; no se las puede ni ver en Andalucía y el PP lo sabe, por lo que han intentado mantenerlas ocupadas y ocultas durante la campaña electoral. Sin embargo, esta estrategia de imagen no ha sido capaz – nunca lo es – de disipar el disgusto que causan en los andaluces, hartos de sufrir indigestiones pesadas a causa de las Aguirres y Cospedales.

Otro error cometido por el PP, incapaz de mostrarse en Andalucía como libre y autónomo de las decisiones que se adopten en Madrid, es soltar a los perros rabiosos de sus medios de comunicación, esperando obtener el mismo resultado que en el resto de España. Por mucho que cacareen desde los medios de comunicaciones afines ultraconservadores que Andalucía es un pozo de estiércol donde solo reina la corrupción y la molicie, los andaluces seguirán, mayoritariamente, haciendo oídos sordos a tanta barbaridad absurda.

Podría decir que los únicos pozos de estiércol se han encontrado están en Valencia y Mallorca, comunidades gobernadas por el PP, pero sería entrar en el juego sucio que ellos practican. Un juego en el que solo ganan las porteras y los verduleros. Lo cierto es que en Andalucía, como en cualquier parte – y más si un mismo partido lleva tanto tiempo en el gobierno – se cuecen habas. Casos de corrupción, haberlos hay los; clientelismo, también; tráfico de influencias, ni te cuento; pero también se han logrado muchísimas cosas. Éxitos de gobiernos socialistas que se han pretendido negar o minimizar y de los que los andaluces se sienten muy orgullosos.

El PSOE necesita una fuerte renovación en Andalucía. Es necesario que las administraciones autonómicas se aireen, y acabar con los agravios territoriales internos, pues gran parte de Andalucía siente que se beneficia a Sevilla en perjuicio del resto. Todo eso es cierto, pero solo es una parte de la realidad. Las políticas de la Junta de Andalucía han favorecido el asiento de la población en las áreas rurales, dotado de hospitales, colegios y universidades a todas las comarcas, algo de lo que Andalucía era más que deficitaria al final del franquismo. Ha logrado una notable vertebración del territorio occidental, si bien las provincias de Granada, Jaén y Almería tienen muchos motivos de queja. Andalucía es pionera en energías renovables. Las exportaciones andaluzas crecen 11 por encima de la media nacional. Etc. Realidades que la derecha española no quiere ver, escudándose solo en las  tasas de desempleo y los casos de corrupción. 

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