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La ausencia verde

Las elecciones francesas  han sido un ejemplo de participación, lo que demuestra el gran interés que han despertado en una sociedad descontenta con su presenta y preocupada por su futuro. En este panorama pesimista, en el que se defienden políticas antisociales como si de verdades sagradas se tratase, los extremismos están logrando un hueco impensable hace apenas veinte años.

Es posible que la memoria de quienes se enfrentaron a los totalitarismos se haya perdido en la sucesión de generaciones. Los padres no han sabido inculcar a sus hijos los valores que aprendieron de los abuelos. Ya pocos recuerdan a figuras como Willy Brandt, quien luchó en la Guerra Civil Española junto a las Brigadas Internacionales en el bando Republicano; se exilió en Noruega y combatió el nazismo;  de regreso a Alemania, donde fue alcalde de Berlín y Presidente de la República Federal de Alemania, combatió también el totalitarismo del régimen comunista soviético. Ya nadie recuerda a tantos y tantos europeos que lucharon a favor de la libertad contra todos aquellos que la subyugaban. Una lucha que no entendió de fronteras ni razas ni religiones, una lucha entre los que creían en la convivencia libre y democrática de las personas y los que no creían en la libertad y la tolerancia.

En este contexto de olvidos y crisis, los debates serenos pierden su voz frente a los ruidosos gritos de los fundamentalistas de todo tipo. Fundamentalistas del estado, de los mercados, o de la raza. Era previsible que, en este contexto, el movimiento ecologista se hundiese en Francia, quedando lejos de las expectativas de voto que habían despertado.

Al principio de la precampaña, los verdes franceses confiaban en alcanzar el 10% de los votos. Pero tras las elecciones de primera vuelta son de un triste 2,26%. Malos resultados que podemos atribuir al contexto anteriormente mencionado: una Europa que ha olvidado su pasado y que manifiesta su descontento en una peligrosa deriva populista. Pero también debido a los propios errores.

Recuerdo la Guerra de Troya, cuando Casandra advierte de lo que sucederá y nadie la cree. Las sociedades tienen por costumbre desterrar a los pájaros de mal agüero. Nadie quiere que se les advierta de sus errores y las nefastas consecuencias que tendrán, por eso la sociedad suele hacer oídos sordos a quienes manejan discursos catastrofistas. Prefieren a quienes culpabilizan a otros, como el populismo patriotero, de los males que sufren. Las organizaciones verdes deberían ser capaces de ofrecer un discurso en positivo. Por muy ajustado a la realidad que sea su discurso actual, carece de ilusión, de esperanza.

El Club de Roma llegó a unas conclusiones dramáticas, que después de cuarenta años no han hecho otra cosa que validarse. Unos cálculos que nos llevan a predecir un posible colapso de las economías y sociedades desarrolladas en torno a la década de los años treinta de este siglo. Incluso confiando en el papel redentor de la ciencia, capaz de lograr una energía barata y no contaminante antes de esta fecha, el Cambio Climático está tan avanzado que, si no logramos una reacción rápida, la última parte de este siglo está condicionada por el mismo. Términos como pobreza climática o emigración climática se volverán populares antes de 25 años. Un triste panorama que los ecologistas llevan décadas denunciando; sin embargo, como en el caso de Casandra, a pesar de lo real y urgente de su alarma, no serán escuchados a menos que sean capaces de articular un discurso positivo que evidencie las muchísimas oportunidades que ofrece un modelo sostenible en comparación con el actual, al margen de la necesidad de preservar nuestro planeta.

Otro freno para el desarrollo de los verdes es su posición sociológica. Aunque defienden la transversalidad de sus políticas, ocupan el espacio antisistema. Aquí, los verdes deberían aprender que el enemigo de mi enemigo no siempre es mi amigo. Por mucho que los movimientos antiglobalización cuestionen el modelo económico actual sus alternativas no siempre coinciden con las que ofrecen los verdes. En cualquier caso, los medios de los que se valen los movimientos anti sistema no son los adecuados para quienes optan a la participación política en las instituciones.

Un ejemplo lo tenemos con la candidata verde Eva Joly. Su imagen desfasada y antisistema le ha terminado perjudicando más que favoreciendo. Y es que aunque la gente desea candidatos no profesionales, que hagan una política diferente, cuando se encuentran ante esa posibilidad sienten miedo. Un miedo justificado, pues los pueblos se muestran siempre conservadores ante los cambios, más amigos de lo malo conocido que lo bueno por conocer; por eso, los candidatos deben ofrecer confianza e ilusión, deben ser capaces de conectar con los electores a niveles emocionales. No se trata solo de un discurso intelectual bien elaborado. Para lograr crecer electoralmente, el candidato debe ser capaz de lograr que los electores se identifiquen con él, o mejor dicho, que quieran ser como él.

¿Política espectáculo? Es verdad  que hay políticos que solo son productos de marketing, igual que hay actores que solo valen como cartel en los cines. Pero hay actores que, además de vender tienen talento; y al igual pasa con los políticos. Los verdes deben aprender que no basta con ser sólidos en sus principios, además hay que saber venderlos. 

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